"La primera ley de la historia es no atreverse a mentir, la segunda, no temer decir la verdad" Su Santidad Leon XIII

domingo, 30 de diciembre de 2012

Antonio Gramsci y la Revolución Cultural - Parte IV


VI.- LA ESTRATEGIA PARA LA VICTORIA

Lenin sostenía que la revolución debía comenzar por la toma del Estado para finalizar con la transformación de la sociedad. Gramsci invierte los términos: se debe comenzar por la sociedad para culminar con la toma del poder político, del Estado.

¿Y si juntamos las dos? ¿Si llegamos al poder para poner en práctica las medidas necesarias para conquistar a la sociedad civil culturalmente? Esto es lo que pasa en la Argentina, más específicamente con la reforma del Código Civil.

La estrategia de Gramsci: Según la estrategia de Gramsci, lo que corresponde es una “agresión molecular”, como él dice, a la sociedad civil. Según ya vimos, la sociedad es para él un complejo sistema de relaciones culturales, un ámbito donde la batalla central se libra en el campo de las ideas religiosas, filosóficas, científicas y artísticas. Pues bien, dice, todas estas son las fortalezas que es preciso ir conquistando poco a poco, las casamatas que hay que ocupar.

¿Sufrimos hoy una “agresión molecular”?

Tal es la perspectiva cotidiana, inmediata, de una eficaz revolución proletaria. La revolución es, de por sí, universal, por supuesto, la revolución es, de por sí, total, pero su preparación ha de ser minuciosa, sectorializada. Por eso será menester estudiar, prosigue Gramsci, cuáles son los elementos de la sociedad civil que corresponden a los sistemas de defensa en la guerra de posiciones. Porque en este caso no es cuestión de una guerra de movimientos, de una guerra al aire libre, de una batalla campal; se trata de una guerra de trincheras, de posiciones. Entre el Estado y las masas hay un montón de trincheras. No se trata de tomar el Palacio de Invierno, o sea la sede de los Zares, sino las casamatas de la cultura, que separan el Estado del pueblo. Coincidía en esto con el último Lenin quien decía: “Hay que sustituir el asalto por el asedio”.

Así Gramsci no apuntó a los medios de producción, como Marx, ni a los medios de poder político, como Lenin, sino a los medios de comunicación y educación, considerándolos como el objetivo básico para la conquista del poder. Para ello es vital el control de los medios de comunicación de ideas, universidades, colegios, prensa, radio, etc. Lo que hay que destacar es lo esencial: la conquista de la hegemonía es más importante que la toma del poder político. Un poder político que no tenga una sociedad civil que le responda ideológicamente, está girando en el vacío. Si se logra que la mayoría acepte la ideología inmanentista, la ideología socialista, la toma del poder político será como recoger una fruta madura.

Trátase, como puede verse, de una estrategia sin tiempo que a algunos desorientará por las alianzas totalmente insospechadas que podrá entablar un marxismo que trabaja en una guerra de trincheras. Las alianzas podrán cambiar, pero los objetivos son invariables: suplir los valores sobre los que se asienta la sociedad. Esta estrategia está impregnada de rasgos maquiavélicos. No en vano para Gramsci el moderno Príncipe es el Partido Comunista, quien no deberá desdeñar sin más los sabios consejos de Maquiavelo. ¿En qué sentido el Partido es el nuevo Príncipe? Antes que nada por su extremo realismo, que lo conducirá a saber aprovechar todas las ocasiones para alcanzar los objetivos que se propone. El moderno Príncipe, dice, “está caracterizado por la máxima decisión, energía, resolución, y es dependiente de la creencia fanática en las virtudes taumatúrgicas de sus ideas”. El Príncipe de Maquiavelo se movía, por cierto, en el ámbito particular de la historia renacentista, entre intrigas de palacio y un pequeño mundo disputado por varias decenas de “condottieri”. El Partido, como moderno Príncipe, es el agente de la historia total, de la sustitución de una hegemonía por otra. No habrá de ser un Príncipe dogmático sino flexible, astuto, que jamás olvide hacer un cuidadoso cálculo, sumas y restas, de los intereses e ideas en juego, para luego saber aprovechar las debilidades ajenas, y preparar las “traiciones de clase” de que hablaremos enseguida.

2. Desmontaje y montaje

Acabamos de ver cómo el error de Lenin, al menos para Gramsci, fue quizás emprender la toma del poder político, mientras la sociedad rusa continuaba impregnada de las ideas y creencias tradicionales. Pero esa sociedad era “gelatinosa”, dice Gramsci: y eso puede explicar un poco lo de Lenin. No es así la sociedad occidental, asentada sobre una cosmovisión bastante definida. Gramsci juzga que la hegemonía proletaria sólo se alcanza de manera plena cuando se consigue destruir la cosmovisión preexistente en una determinada sociedad, y se logra introducir la nueva conciencia del inmanentismo integral. Habrá que meter pie en el aparato del Estado, en los medios de expresión de la opinión pública, en las universidades, en los colegios, en las parroquias. Como la larga marcha de Mao, pero no a través de las montañas, sino a través de las instituciones. La revolución habrá de ser preparada con tiempo, paciencia y cálculo de alquimista, desmontando pieza por pieza la sociedad civil, infiltrándose en sus mecanismos, cambiando la mentalidad de la mayoría. No bastan pues los cambios económicos, como no es suficiente la toma del poder estatal. Todo ello sería insuficiente y precario, ya que el dominio burgués seguiría teniendo el consenso de las clases subalternas, y la burguesía reconquistaría pronto el poder político, con la excusa de salvar “el orden conculcado”, quizás a través de un caudillo al estilo de César, Napoleón o Mussolini. A toda costa es preciso evitar el caos, porque en el caos perdemos todos; el caos puede llamar de nuevo a las fuerzas de la vieja cosmovisión.

El proyecto gramsciano: Resumiendo, Gramsci razona así: El mundo moderno es el mundo de la inmanencia, y entre inmanencia y trascendencia no hay mediación posible. Sólo llevando el inmanentismo hasta sus últimas consecuencias se podrá establecer el “orden nuevo”. La implantación de dicha hegemonía implicará dos momentos. Ante todo, el momento crítico, consistente en corroer y destruir la cosmovisión persistente; es una lucha intelectual, que apunta a la eliminación de los principios fundamentales que constituyen la estructura mental de la sociedad. El segundo es constructivo, y apunta a la integración de la nueva cosmovisión, de modo que impregne las mentes de la sociedad. Conseguida esta finalidad, se habrá alcanzado la hegemonía.

a. El momento destructivo

Acertadamente señala Gramsci cómo toda revolución seria ha sido precedida por un intenso trabajo de crítica, de penetración cultural, de permeación de ideas.

La misma estrategia que la Ilustración: Pues bien, a imitación de la estrategia empleada por la Revolución Francesa, dice Gramsci, el marxismo, que es hijo legítimo de esa Revolución, primero tendrá que desmontar. Tendrá que hacer ese trabajo volteriano, del panfleto, de la comedia, de la burla del antiguo estado. No siempre será fácil, pero habrá que hacerlo. Habrá que ir desintegrando lentamente el bloque histórico, el bloque ideológico dominante, habrá que meterse, buscar cualquier rendija, por pequeña que sea, para irlo resquebrajando, tratar de que comiencen a fallar los mecanismos de la sociedad civil en vigor.

En este trabajo de demolición a lo que hay que apuntar ante todo es, obviamente, a la clase hegemónica y dominante, porque detenta tanto la hegemonía como el poder político, para que empiece a perder la hegemonía y pase a ser sólo dominante. Es decir que no tenga ya el control sereno de las ideas sino que se vaya haciendo solamente dominante, de pura coerción, exclusivamente policial o judicial. En Occidente la clase dirigente es hegemónica, observa Gramsci, gracias a esa ligazón estrecha, interdependiente, entre sociedad política y sociedad civil. Lo que tiene que hacer la revolución es demostrar la hegemonía reinante en la sociedad civil, tratar de que la clase dirigente pierda el consenso, es decir, que no sea ya dirigente, sino únicamente “dominante”, detentando la pura fuerza coercitiva.Para ello hay que tratar de despojarla de su prestigio espiritual, desmitificando los elementos de su cosmovisión mediante una crítica continua y corrosiva. Esta crítica debe sembrar la duda, el escepticismo y el desprestigio moral en relación de quienes dirigen. Debe destruir sus creencias y sus instituciones y debe corromper su moralidad”.

Tal sería el blanco inicial de la estrategia de destrucción: lograr el desprestigio de la clase hegemónica, de la Iglesia, del ejército, de los intelectuales, de los profesores, etc. Habrá incluso que aprovechar las ideas mismas de las clases dirigentes, empleando por ejemplo su mismo lenguaje. Habrá que enarbolar las banderas de las libertades burguesas, de la democracia, como brechas para penetrar en la sociedad civil. Habrá que presentarse maquiavélicamente como defensor de esas libertades democráticas, pero sabiendo muy bien que se las considera tan sólo como un instrumento para la marxistización general del sentido común del pueblo.

El resquebrajamiento del mundo burgués era par Gramsci uno de los signos que le daban más esperanzas de triunfo. Una sociedad se desintegra, un bloque histórico se agrieta cuando comienzan a fallar los mecanismos de la sociedad civil. Este quebranto es, en gran parte, la obra de los intelectuales que empiezan a traicionar. Gramsci considera que se ha ganado una gran batalla cuando se logra la defección de un intelectual, cuando se conquista a un teólogo traidor, un militar traidor, un profesor traidor, traidor a su cosmovisión. Nada más efectivo que eso: suscitar la traición de algunos intelectuales a la cosmovisión tradicional, con el consiguiente acercamiento a la nueva hegemonía que aparece en el horizonte. No será necesario que estos “convertidos” se declaren marxistas; lo importante es que ya no son enemigos, son potables para la nueva cosmovisión. De ahí la importancia de ganarse a los intelectuales tradicionales, a los que, aparentemente colocados por encima de la política, influyen decididamente en la propagación de las ideas, ya que cada intelectual (profesor, periodista o sacerdote) arrastra tras de sí a un número considerable de prosélitos. El bloque comienza a resquebrajarse cuando un cierto número de intelectuales traiciona a los representantes de la hegemonía reinante.

Es este un aspecto muy importante en la estrategia gramsciana: lograr el desprestigio de la clase hegemónica. Y algo más: lograr que los que se opongan o intenten oponerse al orden nuevo, los que denuncian su estrategia, sean reducidos al silencio. Esto es fácilmente conseguible a través de los órganos de difusión cultural; denigrar y ridiculizar a los que luchan contra la nueva cosmovisión, como si se tratara de gente retardataria, cavernícola, etc., que no está a la altura de los tiempos modernos. Tal fue uno de los métodos que, en la línea de Gramsci, sería predileccionado por el comunismo italiano, el de marcar a fuego al adversario. Gracias al dominio cultural, hoy ya no se hacen necesarios los campos de concentración para los adversarios lúcidos del marxismo. Ya no será necesario emplear el terror físico contra los disidentes intelectuales de la nueva cosmovisión, de la nueva hegemonía. Bastará su marginación moral. Como bien dice Del Noce, “la así llamada evolución democrática del comunismo consiste en el paso del terror físico a la marginación moral”.

b. El momento constructivo

c. La superación del cristianismo

Se trata de hacer entender a los cristianos que todo aquello por lo que han luchado y en lo que han creído, no es más que una versión utópica e ilusoria de las necesidades, intereses y aspiraciones reales. La filosofía de la praxis recogerá esas necesidades, intereses y aspiraciones, mantendrá, por así decirlo, dichas necesidades, intereses y aspiraciones, pero haciéndoles sufrir una transformación radical. Las recogerá, pero inmanentizándolas. ¿Buscan Uds. un paraíso? Lo tendrán, pero no en el más allá sino en la tierra; el paraíso, sí, pero en la tierra. Conservará, incluso, el lenguaje teológico, pero dándole un nuevo contenido, un contenido inmanentista. […]La religión se manifiesta como apreciando al hombre, como buscando su bien pero en la perspectiva de “otro mundo”, en la esfera de lo utópico. Se trata de recuperar esa importancia que se atribuye al hombre, pero no vinculándolo a una vacua “trascendencia”, sino a la misma historia del hombre, la que es hecha por el hombre y para el hombre, a través de la cual el hombre se crea a sí mismo.

Labor, por tanto, intelectual y práctica a la vez: refutar teóricamente el cristianismo, desmontando las piezas principales de su sistema, y ofrecer a los cristianos metas de verdadero interés, metas tangibles, sensibles y terrenales, que faciliten el trasvase desde una concepción trascendente a una concepción inmanente, que es la única real. No se trata, por tanto, de dejar a las masas católicas sin una concepción del mundo; se trata de ir sustituyendo paulatinamente la concepción del mundo; se trata de ir sustituyendo paulatinamente la concepción inmanente, en que filosofía, política y sentido común se identifiquen. Es el secularismo alcanzando su punto extremo, al secularizar incluso la religión. La afirmación de que el Partido es el nuevo Príncipe que ocupa en las conciencias el puesto de la divinidad o del imperativo categórico, da a entender cómo el marxismo es, literalmente, la “religión secularizada”. El comunismo es para Gramsci el equivalente moderno de la Iglesia Católica, un equivalente diametralmente opuesto en los principios, dado que la única realidad sobre la que no sólo se puede sino que se debe hablar es la realidad de aquí abajo.

Para Gramsci la decadencia de la religión comienza cuando los intelectuales de la fe, como son los sacerdotes y teólogos, se van inclinando a minusvalorar las categorías de la trascendencia y a enfatizar desmesuradamente las de la inmanencia y la modernidad. En ese caso el proceso va tomando buen cariz. Estos nuevos teólogos, decaídos ya de la fe, funcionan entonces según el modelo bien analizado por Gramsci de los intelectuales que realizan la traición de clase. Son aquellos que, al decir de nuestro autor, “están a punto de entrar en crisis intelectual, vacilan entre lo viejo y lo nuevo, han perdido la fe en lo viejo, pero todavía no se han decidido a favor de lo nuevo”. A tales sacerdotes no les hacen demasiada mella los argumentos intelectuales de su fe antigua; ahora miran lo tradicional con recelo, toman distancia de la tradición, y si bien no se abrazan aún plenamente con lo nuevo, comienzan a vivir en la ambigüedad. Las combinaciones “cristiano-marxistas”, las asociaciones de “cristianos para el socialismo”, etc., que vendrán después, tienen un espléndido retrato en esos análisis de Gramsci. Los “clérigos marxistas” son precisamente intelectuales traidores que se “convirtieron” a la modernidad, acercándose a los nuevos dirigentes que se van apoderando de la cultura.

Antonio Gramsci y la Revolución Cultural del Reverendo Padre Alfredo Saenz. Conferencias pronunciadas los días 12 y 13 de Agosto de 1987, en la sede de la Corporación de Abogados Católicos, Libertad 850, Capital Federal.

Antonio Grasmci y la Revolución Cultural - Parte III


V.- EL PAPEL DEL INTELECTUAL

1. El intelectual orgánico

Es cierto que de esto ya hay antecedentes en los “padres” del comunismo. Así Marx y Engels, reconocían que “el arte de crear con la palabra es un instrumento al servicio de la Revolución”. Stalin, por su parte, afirmaba que “las palabras son balas” y “los escritores son los ingenieros de las almas”… Sin embargo, en general, la insistencia de los padres del comunismo recayó más bien en lo económico. Gramsci, en cambio, va a insistir más en lo cultural. Gracias a esta enfatización toma distancia de todo determinismo exagerado, dejando la historia más abierta, más fluida. De ahí que no haga exclusiva la incidencia de la base económica y atribuya un papel tan relevante a la cultura, la concepción del mundo, la ideología, y por tanto, a sus principales agentes, los intelectuales. Gramsci, se resiste a considerar la historia simplemente como historia de la lucha de clases. Según su peculiar interpretación del marxismo, la dominación de la clase dirigente, sin dejar de ser económica, es, sobre todo y antes que nada, de carácter ideológico.

La experiencia histórica así lo prueba. La sociedad tradicional, la sociedad cristiana, supo llegar a las masas más que a través de la violencia, a través de la impregnación lenta, paciente, cultural e intelectual. Sabe bien Gramsci que fueron los intelectuales y no otros los “inspiradores” del grupo dirigente, en orden a impregnar de evangelio la sociedad medieval. Y así los intelectuales lograron formar lo que Gramsci denomina un “bloque histórico”. Emplea esta fórmula para describir la situación en que se realiza la hegemonía de una clase sobre el conjunto de la sociedad. La clase dirigente se legitima, se justifica mediante la imposición de su propia concepción del mundo; y lo hace por medio de la estructura ideológica. Las clases subalternas, a saber, todo el resto del cuerpo social menos la clase dirigente, se sienten representados en ésta y así le dan su consenso. […] El bloque histórico es un bloque ideológico, y sólo en la medida en que lo sea orgánicamente, la sociedad no conocerá crisis o, en otras palabras, habrá hegemonía serena y aceptada. Y como el bloque es ideológico, los elementos soldadores son los individuos que trabajan con las ideas, los intelectuales. De ahí la importancia de esa élite de intelectuales integrados en la clase dirigente, a los que Gramsci llama “intelectuales orgánicos”. Ellos no sólo son el arma de la lucha de clases: son la misma lucha de clases en el interior de la inteligencia, en el interior de la cultura.

2. El intelectual y las masas

Así como Gramsci nunca aceptó que las meras transformaciones económicas fuesen suficientes para operar de por sí un cambio social, de manera semejante se opuso a la creencia de que serían las mismas masas populares las que, desde abajo, se rebelarían casi instintivamente contra el bloque ideológico vigente. Se requiere, pensó Gramsci, un esfuerzo desde lo alto, un esfuerzo de inteligencia, y un plan adecuado para la propagación capilar de los resultados de esa actividad intelectual. Gramsci desconfiaba de la “espontaneidad de las masas”. Primero, porque la masa no suele incluir elementos suficientemente conscientes, capaces de afianzar la conciencia de clase; segundo, y principalmente, porque los movimientos espontáneos de rebelión pueden resultar contraproducentes, favoreciendo a la clase dominante y justificando los golpes militares, los golpes de Estado. Gramsci valora la espontaneidad de la base popular, del sentido común, pero sólo en la medida en que es recogida, interpretada y repropuesta por los intelectuales del Partido. “Las ideas y las opiniones –dice– no ‘nacen’ espontáneamente en el cerebro de cada individuo: han tenido un centro de formación, de irradiación, de difusión, de persuasión, un grupo de hombres o incluso una sola individualidad que las ha elaborado y las ha presentado en la forma política de actualidad”.

Es pues imposible que el conocimiento, la cultura, broten desde abajo, desde las masas. La autoconciencia crítica sólo se explica histórica y políticamente por la aparición de una élite de intelectuales: una masa humana jamás se “distingue”, jamás se hace independiente “por sí misma”, sin organizarse, al menos en sentido lato, y no hay organización sin intelectuales, o sea, sin organizadores y dirigentes; es menester que el aspecto teórico del nexo teoría-práctica se precise concretamente en un estrato de personas “especializadas” en la elaboración conceptual y filosófica. Se trata de dirigir toda la masa, no según los viejos esquemas sino innovando, y la innovación, en sus primeros estadios al menos, no puede ser algo proyectado por la masa, provocado por la masa, sino que debe pasar por la mediación de una élite en la cual la concepción implícita en la masa se haya hecho ya, en alguna medida, conciencia actual, coherente y sistemática, al tiempo que voluntad precisa y resuelta. Se trata, pues, de lograr una “penetración cultural”; este es el primer y continuo momento, no sólo el primero sino el continuo momento, de la conquista revolucionaria de la sociedad civil. Sin dicha penetración, el proletariado “no podrá tomar jamás conciencia de su función histórica”. Una revolución proletaria no puede ser analfabeta. Más aún, el analfabetismo cultural hace imposible la revolución. Gramsci concedió siempre una importancia primordial a la ideología, al trabajo lento pero eficaz de las ideas difundidas en la masa.

Es cierto que a lo que se apunta es a la hegemonía del proletariado. Pero un intento hegemónico semejante ha de ser asumido por la revolución proletaria, valorando la función de la ideología y de los intelectuales. El proletariado comienza a ser hegemónico cuando toma conciencia de sí, como clase superadora, pero para lograrlo necesita una concepción del mundo que impregne la sociedad civil y la sociedad política. Una voluntad colectiva de este tipo deberá ser preparada, como lo dijimos anteriormente, por una “reforma intelectual y moral”, y esto es tarea propia del intelectual, que haga llegar la ideología marxista hasta las últimas estribaciones del sentido común. Como el actual sentido común está impregnado en los valores tradicionales y es tan refractario a la concepción marxista, se percibe la necesidad de que la cosmovisión materialista de la vida vaya llegando poco a poco hasta las últimas rendijas del sentir popular. Una tarea de tal envergadura no se improvisa. Ni tampoco saldrá espontáneamente de las masas. Habrá de ser preparada y llevada a cabo por los “trabajadores de las ideas”, como dicen los marxistas, es decir, por los intelectuales. Sin ellos no será posible revolucionar la sociedad civil, lo cual, como ya se vio, es el único modo de conquistar la sociedad política.

La revolución para Gramsci

Queda así clara la trascendencia de la figura del intelectual. La dirección intelectual de una sociedad, que se realiza a través de la educación, en el sentido amplio de la palabra, y que incluye tanto la creación y fomento de una concepción del hombre, del mundo, de la historia, como su continua transmisión a las nuevas generaciones, es requisito imprescindible para la instauración y para la perseverancia de una determinada forma social. Lo es también para lograr abatir y sustituir la forma que se quiere reemplazar. Eso y no otra cosa es la revolución. Una revolución que, como se advierte, antes que nada es cultural.

La receta de Gramsci es clara: conquistar “el mundo de las ideas”, para que lleguen a ser “las ideas del mundo”.

3. El intelectual de la praxis

Crítica a la cultura moderna: “La cultura moderna –escribe–, que es idealista, no consigue elaborar una cultura popular, no consigue dar un contenido moral y científico a sus programas escolares, los cuales quedan en esquemas abstractos y teóricos; sigue siendo la cultura de una reducida aristocracia espiritual”.

El intelectual: Filósofo es aquel que tiene una concepción del mundo, pero dicho filósofo sólo será cabal cuando produzca una norma de vida, una voluntad de transformación del mundo, afirma Gramsci sobre la base de la XI Tesis de Marx sobre Feuerbach: “Se puede decir que el valor histórico de una filosofía puede ser calculada por la eficacia práctica que esta filosofía ha conquistado”.
El filósofo de la praxis no será tal si se queda en lo meramente expositivo, si no intenta la transformación del sentido común, si no inculca en las masas este nuevo filosofar que acompaña y sistematiza la acción revolucionaria. El filósofo se vuelca a la praxis para penetrar a las masas de inteligencia revolucionaria.

4. El Partido como intelectual

Así como los partidos en el Estado burgués expresan y organizan la defensa de los intereses de una o varias clases sociales, constituyendo esos diversos partidos en el fondo un solo partido “ideológico”, en defensa y propagación de las ideas de las clases dirigentes, así el Partido revolucionario, el Partido Comunista, es esencialmente creador, organizador y difusor de una nueva concepción del mundo, la marxista.

Antonio Gramsci y la Revolución Cultural - Parte II

IV.- EL SENTIDO COMÚN

Hemos visto con cuánta frecuencia recurre Gramsci a la expresión "sentido común". No, por cierto, con el significado clásico que le damos nosotros, de aquel sentido que se deriva del conocimiento innato de los primeros principios, metafísicamente insitos en el hombre, sino como el modo común de pensar, el común sentir de la gente, que históricamente prevalece en la generalidad de los miembros de la sociedad. Él lo describe más o menos así: el sentido común, dice, "o sea, la concepción tradicional popular del mundo, cosa que muy pedestremente se llama ‘instinto’ y no es sino una adquisición histórica también él, sólo que primitiva y elemental". Se lo llama "instinto", pedestremente, afirma, como si fuese algo que brotase del interior del hombre cuando en realidad no es sino algo histórico, algo creado.

¿Cómo aparece el sentido común, por qué la gente piensa como piensa en Occidente, por ejemplo, en Italia, en Argentina? Sabemos que los contenidos del sentido común se expresan principalmente en el lenguaje cotidiano. Vamos a ver cómo, entonces, considerando el lenguaje, uno puede llegar a descubrir quién es el que hace el sentido común. Gramsci analiza, a este propósito, algunos conceptos del idioma ruso, que conoció bien ya que, como dije, estuvo varios años en Rusia. Allí las palabras "Dios" y "ricos" son correlativas: Dios se dice "Bog" y ricos se dice "bogati". Dios es el rico, la riqueza; los ricos y Dios son cercanos, parientes. Como en latín, añade Gramsci, "Deus", "dives", "divites", "divitae" o sea Dios, el rico, los ricos, las riquezas, son palabras aparentemente, semánticamente de la misma raíz. El mundo occidental entonces (e incluso el mundo eslavo, por influjo del cristianismo) a diferencia del asiático (la India, por ejemplo), une la concepción de Dios con la concepción de "propiedad" y de "propietario", de modo que el concepto de propiedad, así como es el centro de gravedad y la raíz de todo el sistema jurídico occidental y cristiano, así lo es también de toda su estructura civil y mental. Aun el concepto teológico de Dios, nota Gramsci, está a menudo forjado según ese modelo: Dios es presentado como el propietario del mundo; así en el Credo se lo llama creador y señor (Dominus, el que domina, el amo, el patrón) del cielo y de la tierra. De este modo el lenguaje va haciendo el sentido común. Pero el lenguaje es producto de los hombres, de una consciente voluntad hegemónica, que quiere crear un modo común de pensar en esa sociedad sobre la cual ejerce la hegemonía.

Gramsci intenta una definición: "El sentido común es la filosofía de los no filósofos, es decir, la concepción del mundo absorbida acríticamente por los diversos ambientes sociales y culturales en los que se desarrolla la individualidad moral del hombre medio". El sentido común sería así la aceptación elemental de una concepción del mundo, de una "Weltanschauung", para usar la palabra alemana, elaborada por las mentes de las clases hegemónicas, por la Iglesia, por la Universidad, por los colegios, por todo lo que tiene poder ideológico, protegido coercitivamente por el poder dominante. Por eso no se puede decir que en el curso de todos los siglos haya habido un solo sentido común sino varios; o mejor, dicho sentido común no es algo que brota espontáneamente del hombre, sino algo que evoluciona con la historia, algo que brota de una conciencia, de un poder, de una voluntad hegemónica, según la clase que ejerce la hegemonía, lo cual –dice Gramsci– permite detectar restos superpuestos de sucesivas concepciones del mundo, ideas que van quedando de las viejas cosmovisiones, ya superadas, y que se mezclan con las ulteriores.

Gramsci exalta, por cierto, la filosofía y la distingue del simple sentido común. "La filosofía – escribe– es un orden intelectual, cosa que no pueden ser ni la religión ni el sentido común. La filosofía es la crítica y la superación de la religión y del sentido común". Como se ve, considera la filosofía en otro nivel; sin embargo, al tiempo que afirma que la filosofía está muy por encima del sentido común, no teme decir que el "uomo qualunque" es filósofo, claro que en un sentido lato. "Hay que destruir el prejuicio, muy difundido, de que la filosofía sea algo muy difícil". Una filosofía existe siempre en el pueblo, porque "todos los hombres son filósofos". ¿En razón de qué son filósofos? En virtud del sentido común, porque este sentido común implica toda una visión de la vida. El sentido común se muestra así como una concepción del mundo elemental, acrítica, no sistemática, pero que contiene ideas e ideas motoras. Gramsci subraya este aspecto: no solamente contiene ideas teóricas sino, ideas que conducen a un obrar determinado, a un hacer la historia, a un transformar la historia, y desde este punto de vista el sentido común toca la realidad, la modifica. Lo que al sentido común le falta en intensidad crítica y en riesgo metodológico lo tiene en extensión, ya que "todo el mundo" piensa así. El sentido común puede ser, por tanto, considerado como la filosofía, la cultura de grandes estratos de la población, de la mayoría de la sociedad.

Para Gramsci fue un tema apasionante, y a mí me parece que lo es de veras, el estudio concreto de la organización cultural que mantiene en vigencia el mundo ideológico en determinado país y examinar su funcionamiento práctico, es decir, cómo llegó a crear y logra mantener tal sentido común de dicha sociedad. Según él, la Iglesia y la enseñanza son las dos mayores organizaciones culturales de cada país, aunque sólo fuera por el numeroso personal que ocupan. Pero también hay que incluir entre esos forjadores del sentido común a los periódicos, las revistas, la actividad editorial, e incluso determinadas profesiones que implican en su actividad especializada una fracción cultural nada desdeñable, por ejemplo la de los médicos, los militares y los magistrados. De todas estas fuentes del sentido común la religión es para Gramsci la principal, la religión prevalente. Las diversas certezas del sentido común nacen esencialmente de la religión, y, en Occidente, del cristianismo, ya que la religión, si bien carece, según él dice, de carácter demostrativo o probatorio, resulta de hecho la ideología más arraigada, más difundida. Es cierto que para Gramsci la fe se mueve en un estadio pre-racional, infantil, propio de sociedades atrasadas, no adultas. Partiendo de un presupuesto o prejuicio que viene del siglo XVIII, opina que todo progreso en el conocimiento racional equivale a una demostración de la vacuidad de la concepción trascendente del mundo, de la inanidad de la religión, es decir, que todo progreso en el campo de las ciencias implica un retroceso en el de la fe. Muévese ésta en el ámbito del misterio; a medida que la ciencia adelanta, se va dejando cada vez menos margen al misterio. Pero en el entretanto, mientras no se llegue a la develación total del misterio por parte de la razón y de la ciencia, la religión tiene de hecho una enorme vigencia histórica sobre el pueblo. "En las masas en cuanto tales –afirma– la filosofía no puede vivirse sino como una fe. Imagínese, por lo demás, la posición intelectual de un hombre del pueblo; ese hombre se ha formado opiniones, convicciones, criterios de discernimiento y normas de conducta. Todo propugnador de un punto de vista contrario al suyo sabe, en cuanto sea intelectualmente superior, argumentar sus razones mejor que él, le pone en jaque lógicamente, etc.; pero ¿basta eso para que el hombre de pueblo tenga que alterar sus convicciones? ¿En qué elementos se funda, pues, su filosofía, especialmente su filosofía en la forma que tiene para él importancia mayor, en la forma de la norma de conducta? El elemento más importante es sin duda de carácter no racional, de fe. Pero ¿en qué? Especialmente en el grupo social al que pertenece, en la medida en que todo el grupo piensa difusamente como él: el hombre de pueblo piensa que tantos como son no pueden equivocarse así en conjunto, como quiere hacérselo creer el adversario argumentador. No recuerda las razones en concreto, y no sabría repetirlas, pero sabe que existen porque las ha oído exponer y quedó convencido de ellas".

Y acá señala Gramsci una observación de gran interés. La religión o una determinada Iglesia, dice, conserva su comunidad de fieles en la medida en que mantiene la propia fe de un modo firme y permanente, repitiendo incansablemente la misma doctrina. Gramsci piensa que la eficacia mostrada por la Iglesia para llegar a crear el sentido común de la gente lo debe en buena parte al hecho de haber repetido incansablemente la misma doctrina, las mismas razones de su apologética, luchando en todo instante con argumentos similares y conservando una jerarquía de intelectuales que dan a la fe al menos la "apariencia" de la dignidad del pensamiento.

Otra de las causas a que Gramsci atribuye el poder de las religiones, sobre todo del cristianismo, es que, y esto resulta también muy interesante, a diferencia de las filosofías modernas, idealistas, etc., que no lograron "prender" en el pueblo, aquéllas supieron unir en una misma confesión a los intelectuales y al pueblo fiel. Lo mismo que cree el intelectual Santo Tomás es lo que cree la viejita analfabeta, si bien con diversos niveles de penetración. La Iglesia ha sabido unir en una misma confesión a estos dos extremos, digámoslo así. Citemos su texto: "La fuerza de las religiones, y especialmente de la Iglesia católica, ha consistido y consiste en el hecho de que siente enérgicamente la necesidad de la unión doctrinal de toda la masa 'religiosa', y se esfuerza porque los estratos intelectualmente superiores no se separen de los inferiores. La Iglesia romana ha sido siempre la más tenaz en esa lucha por impedir que se formen 'oficialmente' dos religiones, la de los 'intelectuales' y la de las 'almas sencillas'. En cambio –agrega– una de las mayores debilidades de la filosofía inmanentista en general consiste precisamente en no haber sabido crear una unidad ideológica entre lo bajo y lo alto, entre los 'sencillos' y los 'intelectuales'". Por eso, como veremos más adelante, Gramsci asignaba una enorme importancia a la capacidad destructiva de la herejía modernista de comienzos de este siglo, que de haber llegado a triunfar hubiera acabado por crear dos iglesias, la Iglesia de los intelectuales racionalistas, y la Iglesia del pueblo, que iba por su lado, y seguía con la fe de los padres, de sus padres.

Para Gramsci esta unión del intelectual y del pueblo sencillo constituye una de las claves de la extraña supervivencia y del influjo del catolicismo que él por supuesto no podía explicar desde un punto de vista sobrenatural, que no tenía. Era un hecho, algo fáctico. ¿Por qué duró tanto tiempo la Iglesia? Para él no cabe otra explicación que ésta: la unidad monolítica doctrinal entre lo más alto y lo más bajo. Aun cuando la Iglesia contiene en su seno una élite culta y una masa primitiva, se ha negado siempre a separarlas, cuidando de que los elementos fundamentales, a saber, la doctrina y la moral, o sea lo que se cree y lo que se vive, sean los mismos para todos. La Iglesia nunca dejó de ser popular, llegando con su enseñanza a toda la población, sobre todo a través de la instrucción de los párrocos que en la práctica han hecho de cada parroquia una especie de "comité" religioso, si se nos permite la expresión. La Iglesia ha tenido eso; todos los domingos se reúne en cada barrio una gran cantidad de fieles que oyen la misma doctrina y aprenden la misma moral. Esto sucede sobre todo en el campo, observa Gramsci; los párrocos rurales son los principales responsables de la creación del sentido común tradicional que impera en Europa. El catecismo es la doctrina de los teólogos, pero desmenuzada, para que todos la entiendan. Por eso Gramsci juzgaba que en Italia era la Iglesia la principal alimentadora de ese sentido común cristiano que, como veremos, será preciso erradicar, arrancar de cuajo, para que pueda prender el nuevo sentido común materialista-inmanentista.

En última instancia, lo que explica la existencia y la piel dura de un sentido común concreto es el papel preponderante de los intelectuales, de los miembros de las clases hegemónicas que han obtenido el consenso de las clases dominadas, amalgamándolas en una cosmovisión común. Las clases hegemónicas, a través de las diversas instituciones educativas, van creando una mentalidad uniformada, detentando la dirección intelectual y moral de la sociedad civil, cosa mucho más importante que lo que puede lograr la mera coerción de los órganos de la sociedad política, como son el ejército, la policía y los tribunales.

Antonio Gramsci y la Revolución Cultural - Parte I


El gran proyecto del liberalismo está para Gramsci en el origen del marxismo, si bien en él muere, desaparece. “Las afirmaciones del liberalismo –escribe– son ideas límite que, una vez reconocidas como racionalmente necesarias, se convierten en ideas-fuerza, se han realizado en el Estado burgués, han servido para suscitar la antítesis de ese Estado en el proletariado y luego se han desgastado. Universales para la burguesía, no lo son suficientemente para el proletariado. Para la burguesía eran ideas-límite, para el proletariado son ideas-mínimo. Y, en efecto, el entero programa liberal se ha convertido en programa mínimo del Partido Socialista”. Al burgués de la revolución francesa lo sucede el proletario del marxismo.



La sociedad civil

¿Qué es la sociedad civil? La sociedad civil es "el conjunto de los organismos denominados privados –dice– que corresponden a la función de hegemonía que el grupo dominante ejerce sobre toda la sociedad". La sociedad civil sería así el conjunto de organismos privados que detentan hegemonía doctrinal o intelectual sobre las clases subalternas, las clases inferiores, organismos hegemónicos. La sociedad civil es el campo de batalla donde se difunde y luchan entre sí las diversas ideologías, o mejor, las diversas cosmovisiones, que amalgaman desde las expresiones más elementales del sentido común de la gente sencilla hasta las elaboraciones más sofisticadas e intelectuales. Las organizaciones triunfantes en esta lucha ideológica en la sociedad, las que logran apoderarse de la dirección intelectual –es decir, lo que se piensa–, y de la
dirección moral –es decir, lo que se valora– de la sociedad forman parte de la superestructura, y atraen hacia el grupo dirigente la adhesión de las clases subalternas. El grupo dirigente se adueña de la estructura ideológica, impone un mundo de ideas, creando y difundiendo, mediante los organismos que lo integran, una determinada concepción del mundo en el pueblo, en la sociedad. Tales organismos son la escuela, la Iglesia, los llamados medios de comunicación social, etc.

Entonces, resumiendo, la sociedad civil sería el conjunto de organismos que crean un modo de pensar en el pueblo, que tienen, por tanto, hegemonía intelectual sobre la sociedad, crean un sentido común, el sentir común de la gente. Eso sería la sociedad civil que, según Gramsci, pertenece al ámbito de la superestructura.

Sociedad política

Y la sociedad política ¿qué es? La sociedad política es el conjunto de organismos, de la superestructura también, que ejercen una función coercitiva y de dominio directo en el campo jurídico (civil y penal), político y militar. Es sobre todo sociedad política el Estado, que tiene por función "la tutela del orden público y el respeto de las leyes". Tal sería la sociedad política, la sociedad dominante, digámoslo así. Distinguimos entonces entre hegemonía y dominio. La hegemonía es lo propio de la sociedad civil; el dominio, lo propio de la sociedad política, que tiene las armas, la policía, los tribunales, todo lo que es coacción. La hegemonía y el dominio son los dos brazos que controlan una sociedad determinada.

Relación entre Sociedad civil y Sociedad política

Sociedad civil y sociedad política suelen ser normalmente solidarias. Un estado que no cuenta con la adhesión de la sociedad civil difícilmente se puede mantener. El grupo dirigente lo sabe bien; por eso siempre trata de suscitar, para el aparato jurídico, político y militar, una adhesión de las bases, una adhesión ética de las bases a través de la sociedad civil. Las crisis sobrevienen cuando la sociedad civil se distancia de la sociedad política, cuando la sociedad política rompe su concordia con la sociedad civil, cuando la hegemonía y el dominio se enfrentan, cuando el ejército choca con las ideas que privan en la sociedad. Es entonces cuando sobreviene el caos social.

[…]

El orden intelectual y el orden moral, afirma Gramsci –es decir, las cosas que se han de saber y las cosas que se han de hacer–, tal es el marco en que se mueve la sociedad civil. La sociedad política proporciona el arma para defender eso, pone la coacción, coacción frente a los grupos que resisten la docencia de la sociedad hegemónica.

Gramsci está convencido de que no hay revolución duradera sin una previa toma de conciencia, y que ésta se origina y desenvuelve en el ámbito de la superestructura. Por eso la importancia que, a diferencia de Marx, atribuye a esta última. No es cambiando las relaciones económicas como vamos a hacer la revolución, sino cambiando la superestructura, es decir, creando ante todo una nueva hegemonía que transforme la sociedad; luego vendrá la conquista del Estado pero ésta deberá pasar por la transformación de la sociedad civil en la que el Estado se apoya. Por eso le preocuparán, por sobre todo, "las condiciones intelectuales de la revolución". De esto hablaremos ampliamente más adelante pero ya podemos adelantar algo.

La ideología para Gramsci

"Una ideología es una concepción del mundo que se manifiesta en el arte, en el derecho, en la actividad económica, en todas las manifestaciones de la vida, individuales y colectivas" Esto es lo que hay que crear, pues, una nueva ideología. La ideología predominante se da a sí misma una serie de medios para su difusión, para el ejercicio de su influjo: es la "estructura ideológica", que busca mantener y desarrollar el frente teórico e ideológico. Esa "estructura ideológica" la fabrican la prensa, la religión organizada en Iglesia, la escuela, las bibliotecas, e incluso, dice, la arquitectura, porque la arquitectura incluye toda una docencia, y tiene razón, ya que la misma disposición de las calles y hasta los nombres de las calles, todo eso crea el modo concreto de pensar de la gente. Eso es lo que hay que transformar, tal es el cambio que hay que operar si se quiere lograr efectivamente la transformación del modo de pensar de la gente.

Esta es la originalidad de Gramsci en el campo del marxismo. Mediante el proyecto que presenta, la sociedad política será un día fagocitada por la sociedad civil, puesta bajo una nueva hegemonía, la hegemonía marxista, la verdadera. Habrá llegado la hora de la hegemonía del proletariado, de la "dictadura del proletariado", con la consiguiente dirección intelectual y moral de la sociedad (intelectual, recordémoslo, dice orden a las verdades, a las afirmaciones; y moral, a lo que se valora, a los módulos de comportamiento). Y ello será así hasta que se suelden completamente estructura y superestructura, hasta que la sociedad civil fagocite a la sociedad política; hasta que la cultura entera –desde la filosofía de los intelectuales hasta la filosofía de uomo qualunque– transpire naturalmente la concepción materialista del mundo, la concepción inmanente y moderna del mundo. Entonces el Estado, en cuanto "hegemonía acorazada de coerción" –fórmula espléndida de Gramsci: la hegemonía es propia de la sociedad civil; el Estado la acoraza, la blinda con la coerción ya no tendrá razón de ser, habrá desaparecido. Será la sociedad sin clases, en que los intereses del cuerpo social se identifican finalmente con los intereses del proletariado.

sábado, 29 de diciembre de 2012

¿Juventud del poder o juventud alternativa?


Nuestra historia tiene un lugar para la juventud. Esta siempre ha estado en los momentos de cambio. En la revolución de mayo fue la juventud del Café de Marco, que levantaba las banderas del liberalismo británico. Luego, fue la juventud intelectual que acompañó a Rivadavia en sus reformas, obnubilados por las novedades traídas de Europa. Fueron jóvenes los que le hicieron la guerra a Rosas desde el exilio, esa “maravillosa generación del 37”. Fueron jóvenes los que levantaron las armas contra el Roquismo y fueron jóvenes los que se revelaron en la década del 60 impulsados por la Revolución Cubana.

En todas estas manifestaciones de acompañamiento y militancia, hay una constante y es que la juventud siempre se revela al orden establecido. Los morenistas contra los saavedritas en el poder, los rivadavianos contra los federales del interior, la generación del 37´ contra el rosismo, los radicales contra el roquismo, y los guerrilleros contra el gobierno militar. Siempre fueron la vanguardia del cambio.

Sin hacer un juicio de valor sobre la posición política de la juventud en los diferentes momentos históricos quiero remarcar que la constante es la rebelión contra el orden establecido y la búsqueda de uno nuevo y más justo. Equivocarán los medios y hasta los fines si se quiere, pero este momento de la vida es un momento caracterizado por la agitación y la búsqueda de ideales sublimes, que deben ser encauzados, so pena de caer en la anarquía, siempre funcional a los intereses foráneos.

El gran problema es que sin orden no se puede lograr la paz y la libertad tan ansiadas. Una sociedad no puede vivir en constante caos y lucha de intereses. Si bien la vida es así, debe haber un orden, sin el cual es imposible el progreso espiritual y material. La historia ha demostrado que la juventud ha ido contra el orden. Pero hoy ¿qué sucede?

La juventud organizada desde el poder quiere repetir este modus operandi de la historia argentina y busca contra que o quienes luchar. Muchas veces crea fantasmas (o se los crean) y otras le da en el clavo. El gran inconveniente de esta “hermosa juventud” es que cree que en el caos encontrará la paz y la libertad, un imposible filosófico. Nuevamente los jóvenes están siendo utilizados, como lo fueron los morenistas por los intereses británicos, como lo fueron los rivadavianos por los intereses europeos, como los fueron los de la generación del 37 por los intereses masónicos, como lo fueron los guerrilleros por los intereses soviéticos. Le han creado un enemigo (que no es el verdadero) para que canalicen ese estado espiritual típico de la adolescencia y no lo pueden ver porque viven agitados.

Para que haya un salto cualitativo único en la historia de nuestro país es necesario que la juventud (la parte que no esta organizada desde el poder) sepa que tiene la posibilidad de cambiar esta tendencia. Esta juventud debe buscar el orden, presupuesto necesario para lograr la paz y el progreso. Por supuesto que esto no quiere decir transar con los poderes que destruyen la Patria, ni aceptar el orden establecido como tal, sino más bien quiere decir que lo principal es la paz sin la cual no se puede pensar claramente como salvar a la Patria.

Los jóvenes, no organizados (que son la mayoría), deben optar por el orden y no por el caos. Deben organizarse, deben juntarse, deben buscar alternativas para imponer el orden y volver a la paz. Escucho propuestas. 

martes, 25 de diciembre de 2012

¡Indignante: Jubilaciones de privilegio en dólares!


Posteo este texto sobre las jubilaciones de privilegio en dólares pero advierto que no he comprobado la veracidad del mismo aunque no me extrañaría para nada que sea cierto.

Mientras tantos argentinos tienen dificultades a diario para satisfacer sus necesidades básicas, estas Jubilaciones se encuentran protegidas en Dólares debido a una excepción promulgada por el Congreso y por lo tanto los beneficiarios las están cobrando en la moneda norteamericana.



Este es el resumen de algunas de esas jubilaciones de privilegio y quiénes son sus beneficiarios:

Fassi Lavalle, José u$s 3.640
Garre, Nilda u$s 4.498. (ministra de Defensa) (¿no era que cuando estás en actividad tenés que renunciar a la jubilación?)
Maiorano , Jorge u$s 3.278. (Qué hizo?)
Mazzorin , Ricardo u$s 3.640. (El de los famosos pollos podridos)
Menem, Omar u$s 5.859. (Qué hizo?.... aparte de llevar el apellido) (Fue diputado provincial riojano, ausente siempre a la cámara)
Pepe, Lorenzo u$s 4.498 . (¿ jubilado por algo que hizo ?
Roggero , Humberto u$s 4.498. (¿Qué hizo?)
Cuello, Raúl u$s 3.640. (¿Qué hizo?)
Davicce , Alfredo u$s 4.049. (¿ Este por casulidad tuvo algo que ver con River? )
Castiñeira De Dios, J.M. u$s 3.640 (Que hizo?)
Alfonsín , Nora u$s 3.500. (Portador de apellido)
Angeloz , Eduardo u$s 4.498. (Otro que salió a los pedos)
Barrionuevo, Luis u$s 3.780. (Dirigente de Chacarita y de la barra brava)
Alemann , Roberto u$s 8.379 (Personero al servicio de multinacionales)
Hugo Marcel u$s7.350 (Cantante mediocre, pero aparentemente excelente político)
Papaleo, Osvaldo u$s 7.607 (Papá de la actríz Carolina Papaleo y esposo de Irma Roy, actriz devenida hoy en Diputada ..... ¿y por eso lo jubilan?)
Anchorena, Tomas u$s 10.433 (Aparentemente alguien muy valioso para el estado argentino)
Burundarena,Carlos u$u 12.722 (Aparentemente alguien muy valioso para el estado argentino)
López, Germán u$s 12.025 (Aparentemente alguien muy valioso para el estado argentino)
José Francisco Sanfilippo, u$s; 5.556 (otro ilustre desconocido) ( o será por deporte?)
Salonia, Antonio u$s 10.121 (Ministro de educación? Si así fué aprendió rápido como ganar dinero fácilmente sin el menor esfuerzo)
Artaza Narvaja, Adolfo u$s 18.192 (No se que hizo. pero parece que lo debe haber hecho lo hizo bien)
Brodersohon , Mario u$s 15.968 (Otro de la calaña de Erman González, Roberto Alemann, etc.)
Vanossi , Jorge u$s 10.247 (Supongo que valioso para el pais, gracias a sus grandes obras)
Sourrille , Juan Vital u$s 15.817 (otro mediocre)
Lavagna , Roberto u$s 16.793 (y VA por más)
Cafiero, Antonio u$s 19.167 (Dirigente vitalicio del estado, siempre encuentra un puesto para seguir cobrando)

sábado, 15 de diciembre de 2012

¡Sigamos luchando por los niños por nacer!


Este año ha sido muy provechoso para la Argentina Pro Vida, para esa Argentina que no quiere someterse a los poderes de la oscuridad que buscan hacerla claudicar. Si bien en las redes sociales hay todo tipo de inmoralidades, también hay guerra contra el mal. Donde abundó el pecado, sobreabunda la Gracia de Dios. Exhorto a todos a que sigan luchando desde su lugar: desde la universidad como estudiantes, como profesores, como directivos, desde el negocio donde trabajan o dirigen, desde la fábrica o la empresa que representan, desde el banco, el colectivo, el subte, el avión, desde el tan digno y vapuleado servicio a la comunidad de las fuerzas de seguridad, desde el Estudio o el colegio, desde su casa o, Dios no lo permita, desde la calle. Todos son dignos si buscan el bien del niño por nacer, todos sin excepción. Piensen que si uds. no luchan para que ellos nazcan, nadie lo va a hacer y la divinidad verá como su creación se destruye en manos de los insolentes agentes del mal. No importa cuantos seamos, lo que importa es que los que seamos estemos de lleno en este proyecto de vida. El mundo se cae a pedazos y nosotros, desde este pequeño lugar, estamos reconstruyendolo.



Feliz y Santa Navidad para todos los incansables luchadores por la vida.

martes, 11 de diciembre de 2012

¿Qué quiere decir Pagina 12 con esto?

Acabo de ingresar al sitio de Pagina 12 y me encuentro con el chiste que cita abajo. Me pregunto ¿qué quiere decirme Pagina 12 con esto? ¿Qué si el Gobierno sigue "sin reaccionar" frente a lo que considera un triunfo de la Corpo va a terminar como De La Rua? ¿Incita al Gobierno a desoir a la Corte Suprema de Justicia y aplicar la ley sin más? Raro, ¿no?


lunes, 26 de noviembre de 2012

Discurso por el día de la Independencia


A continuación comparto con todos uds. el discurso leído en el Acto de la Independencia en uno de los Colegios donde doy clase. 

Hoy estamos reunidos aquí para conmemorar los ciento noventa y seis años de la declaración de la independencia. Me gustaría compartir algunas palabras con Uds. en este día tan especial para la Patria, para nuestra Patria.

Si bien la declaración de independencia se dio en situaciones gravísimas ya sea dentro como fuera de la patria, hubo quienes, sin importar nada, se jugaron e hicieron “lo que querían y tenían que hacer”. Dejaron esposa e hijos, dejaron afectos y negocios, dejaron tierras y costumbres, todo para no someterse al espíritu materialista que se venía proponiendo desde Europa. Lo hicieron principalmente para guardar aquello que consideraron primordial para ellos, para sus familiares y para sus futuros hijos y nietos y por respeto a sus abuelos y antepasados. Lo hicieron para no perder el espíritu, lo hicieron para no dejarse ganar por el Capitalismo que se presentaba avasallante, este sistema perverso que basaba (y lo sigue haciendo hoy) todo en la acumulación de capital, recurriendo a la usura y a la competencia ilimitada y destructiva. Por algo la Iglesia condena la usura diciendo que empobrece y esclaviza a los hombres. Los próceres se dieron cuenta que si esto prosperaba, toda la felicidad por la que peleaban para sí y para sus sucesores, se perdería y esta tierra se transformaría en una tierra asolada por el capital. 

Muchas veces les dicen a uds. que hay que imitar a estos hombres en el amor que ellos tenían por la Patria, que hay que jugarse por el otro tal como lo hicieron ellos, todo para hacer grande este país. Pero, la gran incógnita antes de imitar a los próceres es preguntarse si uds. aman a la Patria ¿La sienten como suya, tal como sienten a su familia, a sus padres?  ¿o es una palabra más que aprenden en la escuela junto al himno y la bandera pero que no les remite nada, no los moviliza nada?

Ahora lo pienso yo por uds, denme esa licencia. Si la Patria es ver a mis padres trabajando sin descanso y cuando van al supermercado  no pueden llevar todo lo que necesitan porque no les alcanza el dinero de su sueldo: yo no amo a la Patria. Si la Patria son los políticos corruptos que descaradamente le roban el dinero y las esperanzas a miles de hermanos míos, que se enriquecen vilmente delante de nuestras narices: yo no amo a la Patria. Si la Patria es la muerte a la vuelta de la esquina en manos de un adolescente que rápidamente se transforma en inimputable por una justicia corrupta y una ley injusta, dejando familias desvastadas moral y económicamente: yo no amo a la Patria. Si la Patria es entregar los recursos de nuestro suelo y subsuelo a intereses foráneos e individualistas para que los exploten y así empobrezcan cada vez más a mi pueblo: definitivamente, yo, ni ninguna persona de buena voluntad, amará esta Patria, ni ninguna que se le parezca. Si lo vemos así, diremos tal como Artigas antes de morir y enterarse de que la Banda Oriental se había independizado siguiendo los designios de Gran Bretaña: “ya no tengo Patria”. Lo peor es que quedarse sin Patria es quedarse sin historia, sin tradiciones, sin hogar, sin familia… es quedarse sin alma. Y si estamos así, estamos en problemas.

Pero, todo esto que mencioné y que vivimos a diario, uds. y yo, no es la Patria, sino la usurpación que han hecho de ella quienes no la aman, quienes no la sienten, quienes solo la quieren para enriquecerse y vivir una vida “plena y feliz”… a costa de los demás. Definitivamente no entienden nada del amor y se mueven por el odio que irradia su individualismo más atroz. Pobre de ellos, no me gustaría estar en sus zapatos cuando haya que rendir cuentas.

La Patria es el hogar de nuestros padres, nuestros abuelos y nuestros antepasados, es la tierra que les dio todo lo necesario para vestirse, para comer, para vivir y para dar gloria a Dios y nuestra buena Madre. La Patria son nuestras tradiciones centenarias que no debemos perder so pena de caer en un consumismo desenfrenado propuesto sin cesar como un bombardeo (y perdón por la metáfora poco feliz) por el Imperio del Norte y lamentablemente como el que sufre todo mundo actual luego de la Segunda Guerra Mundial; recuerden: el consumo desenfrenado lleva a la dispersión mental y la dispersión mental impide pensar y… a la larga, impide amar. Destruir a mi prójimo, empobrecerlo para obtener el dinero que necesito para ser feliz, no es amor, es odio. El espíritu agitado por el consumo es como un estanque de agua en ebullición que no deja ver el fondo, la esencia, lo verdadero. Así, pasamos del blackberry, al msn y del msn al Facebook del Facebook al twitter, así nos pasamos las horas, los días y los meses atrapados en la red: ¿Qué hicimos con los talentos, con esos dones que Dios nos dio al nacer para que hagamos fructificar ayudando a nuestra familia, nuestros amigos, a los más necesitados, en definitiva, a la Patria? Si yo se que soy bueno en el arte o en deporte, si se que tengo el don de entender a los demás o de transformar los ambientes viciados por el odio en ambientes dignos de habitar por la paz y armonía que da mi alegría, si sé que tengo esos bienes espirituales enormes, heredados por Dios para hacer el bien, ¿por qué no hago nada? Se lo preguntaron alguna vez. ¿Qué hacemos de bueno para ayudar al prójimo tal como enseño nuestro Divino Maestro, Jesús? ¿Qué hacemos de nuestra vida? ¿Qué hacemos por la vida de los demás? En definitiva, el blackberry, el televisor 42 pulgadas y la Playstasion pasarán, pero el acto desinteresado de amor hacia aquel pobre hombre o mujer tan necesitado queda marcado en su espíritu como fuego. Se los aseguro. No lo digo yo, lo dice Cristo, el sabe, el es Dios.

La vida es corta, es un instante al lado de la eternidad que nos espera. No podemos desperdiciarla saltando de bienes en bienes, de diversiones en diversiones… no podemos vivir evitando los problemas que nos llevan a esta gran evasión, evitando los problemas que nos llevan a narcotizarnos con Internet o escondernos detrás del chat del celular. Debemos ser firmes y hacer frente a la adversidad. Hay que poner punto final a este espíritu vagabundo para tomar las riendas de nuestras vidas y transformarnos en la ayuda al prójimo, tal como Cristo nos enseño y que a la larga es lo único que nos va a dar la Verdadera Felicidad, la felicidad que da habernos sacrificado por el otro, tal como Cristo lo hizo por nosotros. Así cuando nos presentemos ante El y nos pregunte: ¿Qué has hecho con todo lo que te di? Podamos responder: todo esto Padre. Entonces, hijo mío, toma la corona de la gloria que te he prometido y goza de mi Reino en el que no sentirás dolor ni sufrimiento y todo será gozo.

Sino volvemos otra vez a la esencia y dejamos de lado lo contingente, lo material no podremos sostener lo poco que queda de la independencia lograda por nuestros antepasados, no podremos recuperar la Patria, usurpada por aquellos que piensan solo en enriquecerse sin importar el empobrecimiento de los demás. Apurémonos, la historia me ha enseñado que las Patrias desaparecen. 

sábado, 24 de noviembre de 2012

¿Lucha entre liberales y socialistas o entre socialistas?


La gran pregunta que me hago es por qué choca el proyecto de los jóvenes idealistas de la Izquierda Nacional con el proyecto mediático, si ambos tienen el mismo objetivo: cambiar el orden social existente por uno nuevo y radicalmente diferente.

Tal vez porque el proyecto económico del gobierno es progresista (socialista) y el de los medios es liberal. Los medios son empresas privadas que ganan con la libre oferta y demanda, y el Estado es una gran empresa que se administra desde el socialismo. Pero lo que más me convence es que estamos frente a una decisión clave: el socialismo que se hizo liberal para llegar al poder en la década del 60 y el liberalismo que se hizo Socialista para mantenerlo desde la década del 30 están llegando a sus límites de convivencia.

La última observación de este choque me lleva a pensar en que es un combate por ver quien pone en marcha el nuevo orden social: el Estado o los medios masivos encarnados en el Grupo Clarín. Esta lucha se podría definir entre marxistas-leninistas y marxistas-gramscianos. Los primeros, gobierno socialista, buscan crear su base social desde el poder. Los segundos, piensan que la base social es la que instaura al verdadero gobierno socialista. 

¿Y  vos que pensás?

sábado, 20 de octubre de 2012

¿Algo esta pasando en nuestro país?


Hay en la Argentina un nuevo movimiento, hay una reacción a la acción desmedida de grupos heterogéneos que quieren destruir la Patria. Seguramente a muchos les sonará “facho” la expresión “destruir la Patria”, algo así como anacrónico, ¿no? pero no le hablo a aquellos, pues no creen que exista la Patria. Para ellos solo existe el “aquí y ahora” que se puede ver y tocar, y los que creemos en la existencia de la Patria no nos quedamos con el “aquí y ahora” sino que buscamos en el pasado, en nuestro pasado, la identidad que nos informa, que nos da forma, para conocernos tal cual somos y para proyectarnos con éxito en el mundo que nos toca vivir.

Lo que somos no comienza en 1810 ni en 1816, lo que somos comienza con la fundación de las ciudades por los conquistadores españoles. Ellos trajeron un orden y un espíritu. ¡Otra expresión fachista! ¿no? Hablar de los conquistadores es un pecado mortal para la América contemporánea, pero negar la realidad no la destruye sino que nos destruye. Por eso no me importa y hablo de los conquistadores, sí, los conquistadores, aquellos hombres que, con infinidad de vicios y virtudes, trajeron un nuevo orden completamente diferente al que estaba y que desde el hoy, si tenemos buena voluntad, nos damos cuenta que el que estaba nada tenía que ver con nosotros. ¿Qué tiene que ver con nosotros los sacrificios humanos al dios Sol? ¿Qué tiene que ver con nosotros el sacrificio de niños inocentes para alimentar a este dios? ¿Qué tiene que ver con nosotros la esclavitud más deplorable de pueblos indígenas en manos de Imperios indígenas absolutistas y centralizados? ¿Sabías que era frecuente que la carne de la víctima fuera consumida en un banquete ritual, en el que el ofrendante no participaba? Esta era la cultura precolombina y no el buen salvaje de Rousseau. El que quiera que me pida pruebas bibliográficas: tengo muchas.

Varias cosas nos han delegado los españoles de antaño: nos dieron la religión cristiana (que no es un sacerdote pedofilo sino que es otra cosa más profunda) que enseña el amor al prójimo y la entrega total a Dios y a los demás. Nos dieron un ordenamiento que se ajusta a la realidad humana individual y colectiva: el federalismo. Nuestra nación, que nació antes que el Estado, se formó “desde abajo”. Las familias que se unieron para fundar ciudades, las ciudades que se unieron para formar regiones y las regiones que se unieron para formar provincias que luego negociaron con sus pares la formación de una nación. Evolución natural y espontánea, nacida de las necesidades de la persona que no puede vivir sin su familia y sin la sociedad. Evolución natural y espontánea de aquellos que viviendo en comunidad no satisfacen todas sus necesidades dentro de la familia y necesitan de su relación con las otras familias, fundando la comunidad. No somos seres aislados, somos seres sociales y necesitamos de la familia y de la comunidad para lograr nuestros anhelos y nuestras aspiraciones. Nuestra tradición no es un Estado absolutista que nos marca el ritmo y nos impone “desde arriba” sino que nuestra tradición es el federalismo que funda la sociedad que luego controlará a la política y de ahí todos nuestros sufrimientos presentes.

Cuando el Imperio Español (del cual formábamos parte pero comenzó a despreciarnos bajo el gobierno de los liberales) entró en crisis, decidimos separarnos e independizarnos. No de sus enseñanzas (la Religión y el Federalismo, el amor al prójimo y el amor a la Comunidad) sino de aquellos que lo tenían tomado y querían cambiar su esencia. Y así fue como hombres grandes y con un espíritu fuerte se lanzaron a la conservación de nuestra naciente nación. Dejaron familia, dejaron amigos, pasaron hambre, angustias, dolores físicos y morales, tormentos y todo tipo de sufrimientos para que se sostenga lo que éramos, para que no se pierda lo construido en el espacio y en el tiempo. No buscaron el dinero que da la tranquilidad presente pero que termina anulando los dones recibidos, sino que se entregaron a defender una realidad que, si perecía, haría desaparecer siglos de trabajo y sudor de sus antepasados y de la Patria misma. ¡Esto es entrega al prójimo! Lamentablemente las mentes contemporáneas no pueden comprender esto, las mentes contemporáneas no pueden entender como una persona puede dejar la comodidad de su vida presente para lanzarse a una aventura, que de por sí lleva todas las de perder (sino porque hoy la política es el principal canal de enriquecimiento). En realidad, hoy hay muchas más comodidades que ayer. El consumismo nos ha adormecido, creo que queda claro, no hace falta que lo pruebe. Pero para entender a estos grandes hombres hay que despojarse de todo nuestro presente y bucear en “su” presente. Solo así entenderemos lo que hicieron y por qué lo hicieron.

Desde ahí comenzamos a fortalecer nuestra nación. Sufrimos ataques de ideologías foráneas, que nada tenían que ver con nuestra realidad y nuestro sentir. Muchas veces, nuestro pueblo tuvo que sufrir gobernantes guiados más por estas ideas extrañas a sus aspiraciones y a sus fines que por lo que necesitaba nuestra sociedad. Pero la comunidad soportó. La Nación no se disgregó, porque había algo más fuerte que el poder político no podía destruir, una unión profunda e invisible forjada con siglos de sufrimiento y entrega.

Hoy, en el siglo XXI, esta unión profunda e invisible, surge otra vez con una fuerza inaudita. El poder político quiere destruir lo poco que queda de nuestra identidad. Leyes extrañas a nuestro sentir, copiadas de países que nada tienen que ver con nosotros y nuestra historia; ataques a la sociedad buscando someterla incondicionalmente a los designios de un grupo político corrupto que trabaja para sí y desprecia a la comunidad; todo tipo de desprecios y desplantes.

Nuevamente la sociedad argentina esta frente a un poder político que busca destruirla.  Estas fuerzas extrañas que guían hoy a la Patria no nos deben confundir. No se construye una gran nación creyendo que la corrupción es necesaria “para subvencionar a la política”, ni se construye una nación promoviendo todo tipo de leyes contrarias a nuestro sentir histórico. No. La violencia ejercida “desde arriba” como la ejercida “desde abajo” siempre fue deplorada en nuestro país. Nuestros antepasados nos enseñaron que para construir debe haber paz y para que haya paz debe haber orden. Pero el orden no se construye con caos, ni con prepotencias, ni con violencia psicológica. El orden se construye aceptando la realidad, que es la única verdad. 

domingo, 7 de octubre de 2012

La despectiva visión de la clase media de José Pablo Feinmann


En el día de hoy ha aparecido un artículo del filosofo del régimen kirchnerista (más precisamente Cristinista), José Pablo Feinmann. Si bien he escuchado sus clases de filosofía por la televisión y aprecio su claridad y docencia (estoy en las antípodas de su pensamiento) no puedo más que asombrarme de los dichos en este artículo de Página 12 titulado Letrinet.

Nunca me imaginé que un filósofo de la talla de Feinmann pudiera mostrar tal desprecio hacia una parte muy importante del pueblo argentino, ni que se dirigiera tan despectivamente a quienes tienen aspiraciones de vida que no son las suyas. Tampoco me imaginé que su pensamiento estuviera tan manchado por el prejuicio y la soberbia más descarada. Pero lo que más me llamó la atención fue su desconocimiento de la realidad, o peor aún, su manera de torcerla.



El título del artículo describe un poco lo que detalla: Internet como una letrina, donde el anonimato da lugar al odio más atroz y… a la mediocridad. Pero este foro oscuro y despreciable es el lugar donde se da cita la clase media para insultar y agraviar al gobierno nacional. Nada más. Por eso dice que “importantes sectores de la clase media y sus enfáticos modos de manifestarse: desde Internet hasta las cacerolas, que son el bombo de los ricos o de los que tienen ahorros para comprar dólares.”

Escuchemos que dice de la clase media:

“Sus consignas eran muy pobres. Tal –posiblemente– como su concepción de la vida. Querían que se rompiera el cepo cambiario y viajar, algo que les gusta. Nadie tiene derecho en este siglo XXI a pedirle a otro que tenga ideales “elevados”, o “no pragmáticos”. La gente quiere vivir hoy y nadie se siente convocado a destinos trascendentes en una historia en que la trascendencia pareciera ausente por todas partes. De modo que la clase media pide lo que le gusta: ahorrar en dólares, viajar, cambiar el auto, tener una buena casa y otra en algún lugar de la costa y enviar a sus hijos a colegios privados.”

Esta cita es harto despectiva. Lo que pide la clase media es mediocre pues sus aspiraciones son mediocres y lo peor de todo: su concepción de la vida es mediocre. Frase totalitaria si las hay! “Como uds. no tienen las aspiraciones que tengo yo, son mediocres, o sea, no son elevados como yo” Humildad aparte. A su vez quiero resaltar algo que la Presidente de la Nación ha negado: la existencia del cepo cambiario. O Feinmann ha caído en las redes pegajosas de los medios de comunicación o la disciplina militante se esta cortando! Por último, resaltar una palabra que nunca me hubiese imaginado en la boca del filosofo: trascendencia. ¿Desde cuando José Pablo te has vuelto religioso? ¿Por lo qué yo sé tu filosofía roza el materialismo ateo, o me equivoco? ¿no estaremos cayendo en el Superhombre?

No solo se queda en la concepción de vida de la clase media sino que va más allá y la compara con la Liga Patriótica! Si como leyeron, para José Pablo el cacerolazo del 13 de septiembre “recuerdan más a los jóvenes de la Liga Patriótica de Manuel Carlés que a los guerrilleros de los setenta”. Para destruir esta visión no hay más que preguntarle a quienes fueron a la marcha qué fue la Liga Patriótica de Manuel Carlés y les aseguro que nadie lo recuerda.

Por otro lado, una impronta muy Cristinista: endilgarle la culpa al otro.  Leamos:

“No ha aparecido un líder político capaz de liderar a los “anti K” y entregarles un rostro más allá de ser sólo la oposición a otro. Sin embargo, esto no debiera alegrar a los “K”. Al no tener un liderazgo consolidado, los “anti K” han ido elaborando muchos. Son “anti K”: la Sociedad Rural, Moyano, Clarín, La Nación, sus beligerantes periodistas, importantes sectores de la clase media y sus enfáticos modos de manifestarse […]”

Seguido a esto afirma

“Entre tanto, el país vive –como si contuviera el aliento– días de excepción, con fechas marcadas en rojo en el calendario. El 7-D expresa –al designarse así– una modalidad de guerra: es “el día D”.

No puedo creer. La comunicación interna del grupo gobernante esta fallando, o lo peor, José Pablo no ve futbol!!!!! Fue el gobierno con el spot de la aplicación de la Ley de Medios quien impuso el 7-D y no la prensa opositora. Fíjense como funciona su mente: algo no le gusta y no entra en su cabeza no pudo ser obra del gobierno! Increíble!
Con respecto a la otra cita, Feinmann se olvidó que quienes “crearon” los enemigos fueron los kirchernistas con su mala gestión de la 125 (por eso volvieron todo para atrás), con la negación de elevar el mínimo no imponible o atacando a los sectores de la clase media en sus LICITAS ASPIRACIONES.

La presunción es otra de las notas de este artículo que hace agua por todos lados. Lean:

“La Gendarmería ha salido a la calle y eso, sin más, se parece demasiado al golpe que le hicieron a Rafael Correa.”

José Pablo, ¿Ud. sabe cuanto gana un gendarme o un prefecto? ¿Sabe que el mismo gobierno admitió una mala gestión en la aplicación del decreto en cuestión? ¿De qué habla José Pablo?

La soberbia no estuvo ausente tampoco. Leamos:

“La Presidenta podría dar esa tan peticionada conferencia de prensa. ¿Qué le van a preguntar que ya no sepa? Le harán casi las mismas preguntas escritas en esos papelitos por medio de los que los chicos de Harvard creen que hablaron cuando, en verdad, fueron hablados por otros, pensados por otros, interpretados por otros.”

Primero y principal, quién es Ud. para decidir lo que quiero o no quiero preguntarle a la Presidente de la Nación. Ella, por si Ud. no lo sabe, es MI EMPLEADA, yo le pago para que maneje los negocios de mi Patria ¿o es monárquico ahora? Por otro lado, debe saber que las preguntas que queremos hacerle no son “para dejar en evidencia su mala gestión” ¿o ud. ve todo en clave binaria, tal como lo denuncia en la primera parte de este artículo? En segundo lugar, peca nuevamente de presunción pues ¿Cómo sabe que a los jóvenes de Harvard le dictaron las preguntas? ¿tiene prueba de ello?

Por último, la “mala leche”. José Pablo Feinmann en un intento desesperado por minimizar la multitudinaria marcha del 8 de noviembre une la protesta con los dichos de Beccar Varela, intentando de esta manera asustar a todos los medios de comunicación o grupos del centro comprometidos con ella. Vieja jugada, pero una de las cosas que caracterizó al cacerolazo del 13 de septiembre fue la multiplicidad de voces, cosa que ud. nunca pudo comprobar porque no estuvo en ella y que al gobierno que ud. defiende  le falta.

sábado, 6 de octubre de 2012

¿Qué buscamos de la marcha del 8 de noviembre?


Un buen médico para poder curar definitivamente a su paciente debe hacer un buen diagnóstico. El diagnóstico es lo que le va a marcar el camino a seguir para extirpar esa enfermedad. Por lo que se ve, gran parte del éxito de la cura esta en el diagnóstico y para lograr uno acertado es necesario tener la historia clínica del paciente. 

En las sociedades pasa algo parecido. Cuando las sociedades están “enfermas”, cuando viven en el caos social permanente y no logran salir de esa situación, para curarla hay que hacer un buen diagnóstico y para hacer un buen diagnóstico es preciso conocer su historia y sobre todo, el ideal de sociedad saludable al que queremos llevarla.



Nuestra sociedad nació de las entrañas de la tierra, nuestra organización ha sido, en su mayoría espontánea, y no impuesta desde afuera. Si bien, las Leyes de Indias eran el marco legal en América, ellas eran muy respetuosas de la “espontaneidad social”.  Podemos decir que hemos seguido lo que Vazquez de Mella resumía de manera excepcional en un discurso en el Congreso el 18 de junio de 1907:

Toda persona tiene como atributo jurídico lo que se llama autarquía; es decir, tiene el derecho de realizar su fin, y para realizarlo, tiene que emplear su actividad y, por tanto, tiene derecho a que otra persona no se interponga con su acción entre el sujeto de ese derecho y el fin que haya de alcanzar y realizar. Eso sucede en toda persona. Y como, para cumplir ese fin, que se va extendiendo y dilatando, no basta la órbita de la familia, por sus necesidades individuales y familiares, y para satisfacerlas viene una más amplia esfera y surge el municipio como senado de las familias. Y como en los municipios existe la misma necesidad de perfección y protección, y es demasiado restringida su órbita para que toda la grandeza y la perfección humana estén contenidas en ella, surge una escena más grande, se va dilatando por las comarcas y las clases hasta construir la región. De este modo, desde la familia, cimiento y base de la sociedad, nace una serie ascendente de personas colectivas que constituye lo que yo he llamado la soberanía social […].”

Las ciudades de Salta de Tucumán, de Buenos Aires, de Santa Fe, de Asunción fueron un conglomerado de familias con un fin, pero dicho fin no pudo alcanzarse dentro de las familias por eso debió canalizarlo el Cabildo, el municipio.
                                           
Hacia 1820 esas ciudades dieron lugar a las provincias y las provincias a la nación. Esto es la soberanía social de la que habla Mella. La Nación preexiste al Estado y no al revés.

La lucha entre federales y unitarios no es más que esa. Los primeros consideran que la Nación es creación espontánea. Así, las finalidades del individuo y la colectividad son satisfechas dentro de las familias, de las regiones, de las ciudades o de las provincias,  pero necesitan de una soberanía política, como la llama Mella, para proteger y cooperar en la obtención de estos objetivos, individuales y colectivos. Los segundos consideran que el Estado es “creador” de la nación, el Estado es dispensador de todos los derechos y deberes, el Estado es TODO. No hay sociedades que preceda al Estado.

En la primera alternativa el Estado es una consecuencia lógica de una sociedad en progreso. En la segunda alternativa, el Estado es causa de la sociedad, sociedad que ya existe pero que debe rehacerse bajo los parámetros estatales liberales.

Los federales argentinos, con todos sus aciertos y con todos sus errores, muchas veces con teorías eclécticas, buscaron dar una respuesta a las necesidades familiares, comunales, provinciales y nacionales. Los unitarios, considerando, muchas veces despectivamente, que las familias, las comunas y las provincias, no podían saber cuales eran las verdaderas finalidades a perseguir para hacer una nación grande y poderosa, proponían guiar ellos “desde arriba”, desde el Estado, el curso social. De ahí siempre su urgencia constitucionalista, de ahí su desprecio hacia “lo popular” bien entendido.

Cuando Juan Manuel de Rosas llegó al poder buscó cooperar y proteger a la soberanía social. ¿Pero si siempre estuvo en guerra, me dirán?  Primero y principal, en guerra contra los unitarios que querían fagocitar a la soberanía social en la soberanía política. Segundo, en guerra contra los intereses extranjeros que venían a imponer un modelo que destruía la espontaneidad social de nuestra patria en pos de un beneficio puramente comercial para ellos. Por otro lado, ¿si en una familia nos cuesta ponernos de acuerdo en cuanto a los fines a perseguir, imagínense en un municipio, una ciudad, una provincia, en una nación!? Con esto no es que quiero justificar las cosas que Rosas ha hecho mal sino más bien rescatar su intención: encauzar la espontaneidad social y nunca violentar sus objetivos, por eso él era quien manejaba las Relaciones Exteriores y los recursos de la Aduana y no intervenía en la organización social y política de las provincias ni en sus cuentas. Lo hizo sí, desde el manejo de la Aduana, cosa imposible de evitar estando esta en la provincia de Buenos Aires y queriendo la nación incorporar a Buenos Aires porque por tradición la consideraban hermana.

La derrota de Rosas supuso la llegada de los unitarios al poder y con los unitarios la destrucción de la soberanía social y el primado de la soberanía política. De ahí en adelante el Estado no ha dejado lugar a las autonomías familiares, municipales y provinciales y se ha metido en todo lo que no le compete.

Leamos a Vázquez de Mella:

El absolutismo es la ilimitación jurídica del Poder, y consiste en la invasión de la soberanía superior política en la soberanía social; cuando la soberanía social se niega en un pueblo porque la soberanía política la invade, empieza por las regiones, sigue por las comarcas y municipios y llega hasta las familias; y no encontrando ya los derechos innatos del hombre en medio de asociación permanente que esté fuera de la acción del Estado y que le sirva de escudo para desarrollarse, los individuos mismos quedan sujetos a la tiranía del Estado; y entonces, identificándose las dos soberanías, nacen los grandes socialismos políticos, precursores de los económicos, por la absorción de todos esos órganos en uno. La confusión de la soberanía social y política es la característica de las sociedades modernas. Esta es la hora en que no hay una sola entidad, una sola corporación, una sola sociedad natural y de aquellas que de las naturales se derivan, que no pueda levantarse contra el Estado y demandarle por algún robo de algunas de sus facultades y de sus atributos.”

Para que haya soberanía social debe haber libertad e independencia, en las familias, en los municipios, en las provincias. Sino hay libertad e independencia no se podrán lograr los fines individuales y colectivos. En un mundo como el de hoy, la libertad e independencia la da la autarquía, o sea, la posibilidad de sustentarse materialmente.



En nuestro país hay dos fenómenos que se dan paralelamente. En primer lugar, la falta de libertad e independencia por la falta de autarquía, casi imposible de lograr en la economía argentina. Por otro lado, la intromisión del Estado en las libertades individuales y colectivas coartando la independencia de los pocos órganos intermedios que quedan: los mal llamados “nuevos derechos”, la injusticia en el repartimiento de los recursos nacionales a través de la Ley de Coparticipación, etc. Nos quitan la independencia económica y nos quitan la independencia social y la única que nos queda es la política, pero que para poder ejercerla debemos someternos a sus reglas, que no son para nada santas.  Este estrechamiento de lo económico y social no es más que para engrosar las filas burocráticas del Estado, destruyendo la libre asociación familiar y social para buscar los fines naturales y materiales y las autonomías municipales y provinciales, que son las únicas que pueden restringir el poder a este Estado Todopoderoso. También para mantener al ejército sostenedor de esta democracia, no por convicción sino por necesidad.

Por eso la manifestación social del 13 de septiembre salió de las entrañas de las familias argentinas que, si bien no racionalizan esta situación expuesta, sienten que sus libertades económicas y sociales se están restringiendo y que no quieren transigir en política. El endurecimiento del Ejecutivo sobre la sociedad es el Estado contra la Sociedad. Hoy estamos frente a este combate: la soberanía política, el Estado manejado despóticamente por el Ejecutivo, quiere terminar de fagocitar lo que queda de soberanía social, pero la Sociedad se niega y se levanta para defender los derechos que la ayuden a cumplir con sus deberes y llegar a sus fines, ya sea de manera individual como de manera colectiva.



El siguiente paso es que la sociedad tome conciencia que el Estado no es ni debe ser dispensador de derechos y deberes, sino más bien protector y cooperador en la búsqueda de los fines sociales. Debemos, como conjunto de familias, corporaciones, grupos sociales, llamar al orden a la soberanía política y demostrarle cual es su verdadera finalidad. Si, habiendo advertido a la soberanía política de sus desmadres y no teniendo respuestas, debemos encauzar nosotros mismos este proceso sino queremos crear, por desidia o desinterés, un Estado Totalitario.